Libertad Religiosa - Vida pública y creyentes

Motivos para creer

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La religión en la precampaña electoral española ha jugado un papel de arma arrojadiza. Lo importante es que, lanzada el arma, no se ha producido un efecto boomerang de consecuencias poco previsibles. El ambiente se ha serenado, caldito por medio; El cualquier caso, es interesante situarnos más allá del estricto mundillo electoral para reflexionar acerca del papel de la religión en la vida pública. Hay «motivos para creer» (¡extraña coincidencia!, un lema electoral del presidente Zapatero, un libro del Padre Loring y una canción de Bruce Springsteen) que la religión tiene algo que decir en la vida pública de las naciones.

Mahatma Gandhi no dudó en afirmar que «aquellos que dicen que la religión no tiene nada que ver con la política, no saben qué es la religión. La política sin religión es una trampa mortal». Y del alguna forma concuerda con esta afirmación el convencimiento de Richard John Neuhaus, para quien, cuando la religión se excluye de la arena pública, esto no significa que el espacio público se quede vacío, sino que se llena de sucedáneos (ersatz religions). O lo que es lo mismo, se produce la sacralización de los regímenes políticos y sociales.

Sacralizada la democracia, parece que no queda sitio para la religión, si no es en una remota habitación del remoto hogar de los que «todavía creen». La religión queda así subsumida al derecho de propiedad o a la inviolabilidad del domicilio. ¿Es ésta la tendencia seguida fuera de nuestras fronteras? En modo alguno. Ahí están los hechos. Una vez más, en la campaña presidencial norteamericana la religión juega un papel importante en la conformación de la opinión de la ciudadanía, ya que el 69% de los norteamericanos cree que es importante contar con un presidente de fuertes creencias religiosas. Sarkozy afirmaba hace unos días que «la República tiene interés en que exista también una reflexión moral inspirada en convicciones religiosas». En 1999, la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa no dudó en afirmar que «religión y democracia no son incompatibles. La democracia se ha demostrado como la mejor estructura para la libertad de conciencia. Por su parte, la religión "a través de su empeño moral y ético, de los valores que propugna, de su enfoque crítico es una válida compañía para la sociedad democrática". La OSCE, desde hace ya algunos años, alberga en su organigrama "un panel de expertos sobre libertad religiosa y de creencias que recientemente publicaba unas orientaciones para la enseñanza no confesional de la religión".

Cabe concluir entonces que no existe, ya ni siquiera, un paradigma agnóstico europeo -opuesto al paradigma creyente americano-, sino un aislado paradigma «a la española». Recientemente, la prestigiosa revista The Economist dedicaba un número especial a la religión. De ella extraigo esta previsión demográfica: la proporción de creyentes en las cuatro religiones mayoritarias del mundo crece del 67 % en 1900 al 73 % de la población mundial en 2005 y podrá alcanzar el 80 % para 2050. Y al reflexionar sobre la presencia de la religión en la esfera pública de las democracias occidentales, es oportuno distinguir al menos tres planos interrelacionados: el plano de la política, en sentido amplio, el de los derechos fundamentales y el plano de la gestión pública de la pluralidad religiosa.

Respecto de la política, en las democracias occidentales -vuelvo sobre las reflexiones de Neuhaus- interactúan Gobierno, instituciones económicas, religión, medios de comunicación, etc. Estas relaciones establecen sistemas de contrapesos y de oposición, no siempre ni necesariamente negativas. En el ordenado y respetuoso disenso hay algo que hace mejorar la democracia.

En relación con la libertad religiosa, difícilmente puede ser entendida desde una mentalidad aferrada a un trasnochado secularismo. Según la versión secularista -indica Habermas- podemos prever que a la larga las concepciones religiosas se disolverán a la luz de la crítica científica y que las comunidades religiosas no serán capaces de resistir la presión de una progresiva modernización social y cultural. Pero las cifras, desde luego, no hablan de extinción, sino de todo lo contrario. Y lo que es más importante: una libertad «menor» difícilmente casa con un verdadero régimen democrático de derechos fundamentales.

Cuando a lo largo de la legislatura finalizada, algunos políticos han amenazado con terminar con el sistema de acuerdos, quizá no se ha reflexionado suficientemente en que esto podría generar un efecto dominó que arrastre consigo también los acuerdos con las minorías religiosas (evangélicos, judíos e islámicos). Hay motivos para creer que no es el mejor final para esta buena película.

 

Rafael Palomino es catedrático de Derecho (Universidad Complutense de Madrid)
Artículo publicado en La Gaceta de los Negocios, Madrid 28 de febrero de 2008

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