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Merece máximo respeto la autoridad religiosa que respeta al poder civil

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Merece máximo respeto la autoridad religiosa que respeta al poder civilCada día estoy más convencido de que no es buen camino en la batalla contra el coronavirus la imposición de recortes injustos a las libertades ciudadanas, porque yugulan la responsabilidad. Entre éstas, ocupa lugar preferente la religiosa, que no se limita al respeto de las convicciones personales. No parecen entenderlo así los gobernantes que limitan la permanencia de personas en lugares de culto mediante la fijación de un límite de aforo: obviamente, el riesgo de transmisión no depende de un mero criterio cuantitativo, sino de otras circunstancias, aunque el legislador intente curarse en salud con una cautela superflua: “dicha limitación no podrá afectar en ningún caso al ejercicio privado e individual de la libertad religiosa”.

En la lucha contra la pandemia, un país de veras democrático no debe limitar el ejercicio de la libertad de culto en contra de las autoridades religiosas; con mayor motivo cuando -especialmente en el caso de la jerarquía católica, que secunda las indicaciones siguiendo el ejemplo del papa Francisco- muestran su plena disposición a colaborar en el cumplimiento de las normas de prudencia establecidas.

A la vista de los sucedido en Francia, no se sabe ya quién tiene más miedo en estos momentos: si los ciudadanos, dispuestos a renuncias impensables por temor al contagio, o las autoridades civiles, aterradas ante las cotas de impopularidad reflejadas en los sondeos demoscópicos.

En el caso del país vecino, la situación es ciertamente compleja. La batalla sanitaria está coincidiendo con un rebrote del terrorismo islamista, que ha dado lugar a reacciones enérgicas del presidente Emmanuel Macron. Han sido valoradas muy negativamente por los musulmanes, también en otros países, incluso en la “europea” Turquía: hasta el punto de llegar a boicotear la compra de productos franceses.

Macron ha tratado de explicar su criterio, en una larga entrevista concedida a la emisora panárabe al-Jazeera. No puede por menos de subrayar la libertad de expresión, que incluye posibles blasfemias, pero en su mensaje a través de ese canal manifiesta que entiende y respeta a los que están "conmocionados" por las caricaturas que publicó la revista satírica Charlie Hebdo hace cinco años y ha reproducido ahora en el contexto del proceso contra los terroristas de Niza en 2016. Pero las críticas por parte de los líderes de países aliados poco sospechosos de fundamentalismo, como Jordania, muestran que el problema es más amplio.

El presidente francés insiste en que “lucha contra el separatismo islamista, nunca contra el Islam”, según afirmó en un carta al Financial Times, que le había acusado de de "estigmatizar, con fines electorales, a los musulmanes franceses" y de "mantener un clima de temor y sospecha hacia ellos". Y es que la cultura anglosajona no parece entender lo que Emmanuel Macron intenta explicar: Francia y su gobierno serían atacados por su laicidad, entendida como neutralidad del Estado, tanto para los musulmanes como para los cristianos, los judíos, los budistas, para todos: la autoridad nunca interviene en los asuntos religiosos, y garantiza el ejercicio de los correspondientes cultos. Pero en realidad, como afirma Florian Michel, profesor de la Sorbona, “el Estado francés interviene constantemente en la esfera religiosa, financiando a los profesores de centros privados confesionales, asegurando la conservación de las catedrales, legislando sobre el uso del fular, o tratando de organizar el ‘culto musulmán’”.

Menos aún se comprende esa tesis del no intervencionismo, cuando se acaban de prohibir los actos de culto en Francia, con excepción de las exequias. El Consejo de Estado –con una jurisdicción en lo administrativo propia de un Tribunal Supremo inapelable- ha rechazado la demanda de los obispos. Considera las medidas gubernamentales necesarias y proporcionadas. Ese criterio se aparta de una sentencia anterior al comienzo de la pandemia: a más miedo, menos libertad. Y no parece muy coherente, pues el mismo decreto oficial que prohíbe el culto, permite manifestaciones callejeras: exige sólo respeto de distancias y uso de mascarillas...

El problema se ha planteado también en algún territorio de Estados Unidos, pero la respuesta jurisdiccional fue favorable a la libertad, basada en la Primera Enmienda. Veremos ahora el recorrido de un nuevo caso: la prohibición del uso de una mascarilla en una escuela pública de un condado de Mississippi, con la leyenda “Jesús me ama”, cuando se han admitido otras muchas con textos variados: equipos deportivos, logos universitarios, frases de televisión, candidatos políticos, e incluso Black Lives Matter.

En la sociedad contemporánea, no suele ser pacífico el reconocimiento del hecho religioso, porque son poderosos los fundamentalismos: tanto islámicos como laicistas. De acuerdo con el último informe del Pew Research Center, las restricciones gubernativas batieron una marca negativa en 2018. Por desgracia, los cristianos siguen siendo los más perseguidos en el mundo, con violencias y obstáculos a su libertad en 145 países. De ahí la importancia de seguir luchando ante las graves violaciones de los derechos humanos.

Fuente: Religión Confidencial, servicio del 17 de noviembre de 2020

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